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Es tiempo de repensar el sionismo


Por Daphna Baram, The Guardian

17 de febrero de 2009

El anhelo por pureza étnica que expulsó a los palestinos y cierra el camino a la democracia en Israel es el fruto podrido de un viejo debate
 
Los resultados de las de elecciones parlamentarias de la pasada semana en Israel traen a la superficie algunas de las frutas más podridas de un debate que ha estado presente a lo largo de toda la historia de la existencia del Estado: la idea de que un estado judío mono-étnico es viable, legítimo y deseable. En otras palabras, que enaltece la situación moral y las consecuencias prácticas de la ideología del Estado sionista.

En 1948, durante su guerra por venir a ser, Israel expulsó de su territorio a 750.000 palestinos; otros 250.000 fueron echados afuera durante la guerra de 1967. Desde entonces, la división israelí izquierda-derecha se ha caracterizado por el deseo de expansión territorial, promovida por la derecha, y la aspiración a la pureza étnica, pregonada, curiosamente, por la "izquierda" sionista. Siempre ha sido la "izquierda" la que luchó por la "división" de la tierra y la "separación" entre los judíos y los árabes con el fin de asegurar una gran mayoría judía en Israel. La derecha, históricamente, parece no preocuparse mucho por las consecuencias de tener un gran número de palestinos que viven bajo la ocupación israelí, siempre y cuando no lleguen a disfrutar de la ciudadanía (o de otro tipo de derechos civiles). El Partido Laborista siempre tuvo un pie en cada lado. Concordó con la partición en 1947, considerándola  como la posibilidad de obtener la mayor cantidad posible de tierras “libres de árabes”, y anteviendo la oportunidad de limpiarlas étnicamente después, en la guerra siguiente. Fue el mismo partido laborista, no obstante, el responsable por la gran victoria de la guerra de 1967 que condujo a una vasta expansión territorial y, al mismo tiempo, a la inclusión de millones de palestinos en los territorios bajo dominio israelí.

Una anexión de estos territorios, conocidos como la Franja de Gaza y Cisjordania, ha sido impensable para el Partido Laborista y sus satélites de la izquierda, ya que supondría la concesión de la ciudadanía para los palestinos que viven en estos territorios y, por tanto, amenazando a la mayoría judía en Israel. La derecha ha jugado con la idea de la anexión, pero fue disuadida por el mismo dilema. La solución provisional fue mantenerse construyendo asentamientos en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza, esperando mientras tanto, que de algún modo, milagrosamente, los palestinos desapareciesen, o que un gran flujo de ciudadanos judíos inundase al país de alguna manera e inclinase la balanza en forma definitiva.

En las extremidades de la izquierda siempre hubo voces pidiendo un Estado Palestino viable junto a Israel. Todavía más a la izquierda, hubo incluso un grupo más pequeño pidiendo lo que hoy en día se puede describir como la solución de Sudáfrica: un Estado, con igualdad de derechos para los judíos y los palestinos que allí vivan.

Ésta última idea nunca se hizo popular entre los judíos israelíes, pero en los últimos 10 años se había convertido en una amenaza que acecha los sueños de todos los sionistas. La expresión "peligro demográfico" se ha convertido en parte legítima del discurso pidiendo la solución de dos Estados. Lo que empezó como un apoyo de la izquierda a la autodeterminación nacional palestina, se transformó, en este siglo, en herramienta para defender el apartheid. A partir de ese punto, fue fácil para cualquiera a la derecha, desde Ariel Sharon hasta Tzipi Livni y Benjamín Netanyahu, adoptar esa idea, y para la administración de George Bush apoyarla. A seguir, esa entidad oscura, el "Estado Palestino" tendría sus fronteras cercenadas, lo que hace peligrar su ya dudosa viabilidad. Será un bantustan.
Los ciudadanos árabes de Israel, tradicionalmente ignorados por la izquierda y la derecha sionista como una minoría "meramente tolerable", pasaron a encarnar la imposibilidad y la inutilidad de intentar lograr la pureza étnica por medio de la división.
Después de unos años de racismo rampante, Israel transformó a sus ciudadanos árabes en una "bomba de tiempo" del "peligro demográfico", y desató ataques sin precedentes contra ellos desde la derecha, con poca o ninguna respuesta desde la izquierda sionista. Avigdor Lieberman tuvo un sorprendente desempeño en las pasadas elecciones llevando esta tendencia a su natural destino. Su idea revolucionaria – de abandonar no sólo los territorios en Cisjordania y Gaza, sino también los territorios de Israel propiamente dichos, a fin de deshacerse del mayor número posible de árabes - confundió y avergonzó a la izquierda sionista. Asimismo, ha puesto en evidencia el absurdo y la inaceptable moral de toda la idea sionista, al llevarla a su única conclusión racional. Si tener un Estado judío es el objetivo más deseable, deshacerse de los ciudadanos no judíos es la única manera racional de hacerlo. Y, atención, esto se hará de una forma piadosa: no se hablará más de "transferencia", sino que se adoptarán las consignas de división de la "izquierda". Y todo esto bajo la bandera del nuevo lema siniestro: "no lealtad - no ciudadanía".

El hecho de que Lieberman pueda fácilmente proclamarse como verdadero sucesor del fundador de Israel, David Ben Gurion, debería ser un sonido de alarma para los oídos de todo israelí liberal. Es hora de que todo israelí con un buen concepto de sí mismo se mire en el espejo y vea a Avigdor Lieberman devolviéndole la mirada. Es hora de acabar con la dilación de la cuestión de si el estado de Israel puede ser a la vez judío y democrático. Lieberman dio la respuesta en voz alta y clara: no puede serlo. En esta hora tardía, cuando la sombra del protofascismo se cierne sobre el país, es tiempo de unir fuerzas con los ciudadanos palestinos en la lucha contra la pureza étnica, y por una verdadera democracia. Es hora de dejarse de rodeos, y admitir que la mono-etnicidad no puede ser un marco para los valores liberales. Es el momento de pedir disculpas al diputado del Knesset, Azmi Bishara, que fue tachado de "nacionalista árabe" por los liberales israelíes a causa de su llamamiento a "un estado para todos sus ciudadanos". Es hora de repensar el sionismo.

Fuente: http://www.guardian.co.uk/commentisfree

Imágen: Carlos Latuff

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